Del Bolívar de Karl Marx al marxismo bolivariano del siglo XXI/ Néstor Kohan
Vía Rebelion.org
¿Adónde irá Bolívar? ¡Al brazo de los hombres
para que defiendan de la nueva codicia,
y del terco espíritu viejo, la tierra
donde será más dichosa y bella la humanidad!
(José Martí Discurso del 28 de octubre de 1893)
Les repitió por milésima vez la conduerma de que el golpe mortal
contra la integración fue invitar a los Estados Unidos
al Congreso de Panamá, como Santander lo hizo por su cuenta y riesgo,
cuando se trataba de nada menos que de proclamar la unidad de la América.
(Gabriel García Márquez “El general en su laberinto”)
Un bicentenario para repensar sin miedo
Cuando en 1989 se cumplió el bicentenario de la Revolución francesa la cultura política europea rememoró antiguos debates postergados. Las urgencias políticas del momento no dejaron margen a la serenidad. ¡Había que liquidar con premura y caiga quien caiga toda huella de pensamiento crítico! La bochornosa caída del muro de Berlín prometía arrasar con cualquier proyecto de emancipación radical que pretendiera ir más allá del límite histórico alcanzado por la Revolución francesa de1789 (revolución que, dicho sea de paso, no era concebida de manera integral como habían sugerido las investigaciones de Albert Soboul y otros clásicos de la historiografía marxista sino que incluso era reducida a la caricatura del denominado “ terror jacobino” 1 ).
Dos décadas después de aquella celebración europea que pretendía enterrar definitivamente a Karl Marx bajo el polvo y los escombros de esa pared caída en Berlín, las piruetas del calendario remiten ahora a otra fecha histórica, centrada en esta oportunidad en América Latina. En este nuevo bicentenario del año 2010 nos encontramos cara a cara con el inicio en 1810 de la independencia continental frente al colonialismo europeo 2 . Nuevamente afloran numerosos debates políticos e interrogantes teóricos postergados donde la discusión sobre el pasado nos sugiere repensar el horizonte presente y futuro.
Pero nuestro tiempo es notablemente distinto al clima asfixiante de 1989… Dos décadas después de la caída del muro de Berlín, el sistema capitalista atraviesa una nueva crisis aguda, sólo comparable con la de 1929. Nos encontramos bien lejos de la euforia etílica que emborrachó la futurología neoliberal de Francis Fukuyama así como también de la orgía triunfalista de Bush padre y su cómplice germano Helmut Kohl. En todo el orbe crecen hoy las resistencias y la indisciplina, se generalizan las tensiones sociales y las contradicciones antagónicas del capital emergen exacerbadas a flor de piel.
En ese nuevo marco mundial Estados Unidos (y su sistema vigilante de policía mundial disfrazado de “multiculturalismo”) se enfrenta a nuevos disidentes radicales. Retorna a escena la prédica antiimperialista, el viejo sueño de hermandad latinoamericana, los ideales libertarios y proyectos emancipadores todavía incumplidos de Simón Bolívar, José Carlos Mariátegui y Ernesto Che Guevara. Una tradición de pensamiento crítico que este nuevo bicentenario nos invita a repensar, recuperar y actualizar.
Bolívar y el problema (inconcluso) de la nación latinoamericana
Durante los últimos años desde los centros académicos que marcan y condicionan la agenda del debate teórico se decretó el fallecimiento repentino y se labró el acta de defunción “definitiva” del estado-nación. Con la emergencia de la globalización, se nos dijo, dejó de tener sentido la lucha por la liberación nacional en los países dependientes, periféricos, coloniales o semicoloniales ya que supuestamente habría desaparecido el imperialismo y ningún estado-nación ocuparía ese rol tan característico de la dominación del capital que marcó a fuego todo el siglo XX 3 .
Dejando a un lado la refutación de ese lugar común tan difundido por los monopolios de (in)comunicación, de endeble fundamentación teórica, débil sostenimiento empírico y sospechosa posición política 4 , creemos que hoy se torna necesario e imperioso abordar y retomar esta problemática desde un ángulo bien distinto.
A diferencia de la tradicional “cuestión nacional” tal como fue abordada por los clásicos del marxismo europeo —naciones oprimidas y aisladas que luchaban por romper esa dominación y desplegar su soberanía al interior de su propio estado nación—, la cuestión nacional latinoamericana poseía y posee otra dimensión, riqueza, extensión y complejidad. En el caso europeo, muchas veces las naciones ya estaban constituidas desde inicios de la modernidad y lo que quedaba aún pendiente era sacarse de encima la indignante bota imperial de las naciones opresoras. Polonia fue, quizás, uno de los casos emblemáticos junto con Irlanda en el siglo XIX. La misma Irlanda y fundamentalmente Euskal Herria (el país vasco) constituyen todavía en la actualidad un fenómeno análogo de opresión nacional.
Sin embargo, cuando abordamos esta misma discusión en América Latina el problema se condensa y se complejiza todavía más. Porque en nuestro continente, la pugna por constituir una gran nación integradora frente a la dominación (externa e interna) estuvo presente de manera inacabada e inconclusa desde sus mismos inicios.
Ya en 1810, y desde entonces en adelante, el proyecto político independentista aspiraba en sus promotores más radicales constituir una gran nación latinoamericana (sus clases dominantes y las elites locales, débiles, mezquinas y miopes socias menores de la dominación externa, fueron también responsables del fracaso de ese ambicioso proyecto de soberanía integral). En este sentido la nación no estaba en Nuestra América constituida esperando a que se la libere. Había que constituirla al mismo tiempo que emanciparla.
La nación latinoamericana, « un solo país, la Patria Grande », como la denominaba el libertador Simón Bolívar [1783-1830], es todavía hoy, dos siglos después, un proyecto inconcluso, pendiente y a futuro.
Retomar ese proyecto nos permitiría descentrar los falsos dilemas que dicotomizan el debate con los falsos términos de globalización desterritorializada versus nacionalismo estrecho y provinciano. Cosmopolitismo falsamente universal (que en realidad generaliza como “universal” valores y culturas típicas y exclusivas del american way of life ) versus fundamentalismos parroquiales (cuanto más débiles, más intolerantes).
El proyecto político que impulsó Simón Bolívar en las luchas de independencia era mucho más complejo, rico y radical que esa idea fofa, amorfa, vagamente humanitarista y absolutamente genérica, muy a gusto del pensamiento “políticamente correcto” de nuestros días, al estilo de las ONGs europeas o norteamericanas o incluso de la UNESCO. Bolívar pensaba sus proyectos incluyendo como eje la educación popular (qué él resumía como “ Moral y luces ” siguiendo a su maestro Simón Rodríguez [1769-1853]) pero siempre a partir de la confrontación. La única libertad auténtica se conquista luchando. La batalla de las ideas sola y aislada es buena, pero sin confrontación jamás podrá vencer. La hegemonía constituye la combinación de la persuasión del consenso pero al mismo tiempo de la confrontación a través del ejercicio de la fuerza material. La zorra y el león.
El libertador había proyectado e imaginado su utopía radical de «Patria Grande» del siguiente modo: “ Es una idea prodigiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y unza religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse [...]” 5 . En el mismo sentido sostenía: “ Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo , menos por su extensión y riquezas que por su libertad y su gloria ” 6 .
Aunque se negaba a construir castillos utópicos en el aire debido a las guerras de liberación (que desarrollaba junto con José de San Martín [1778-1850] en el sur y otros revolucionarios continentales que compartieron y pelearon por ese mismo proyecto durante aquella época) y a las disputas internas que desangraban el continente, Bolívar aspiraba a un sistema republicano —el más avanzado en aquel entonces— para esa Patria Grande. Educado por el maestro Simón Rodríguez, ponía a la igualdad en lo más alto de su pensamiento: “ He conservado intacta la ley de las leyes —la igualdad— sin ella perecen todas las garantías, todos los derechos. A ella debemos hacer los sacrificios. A sus pies he puesto, cubierta de humillación, a la infame esclavitud ” 7
De allí que afirme: “ Por estas razones pienso que los americanos, ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos , y me parece que esos deseos se conformarán con las miras de Europa ” 8 .
Esa república era concebida por Bolívar como una instancia intermedia de equilibrio entre “la libertad indefinida, ilimitada y la democracia absoluta” —para él el ideal, pero que no concibe como posible pues sería necesario contar con “ángeles, no hombres”— y el despotismo tiránico. Resumiendo ese sentido republicano, donde no se cansa de elogiar las elecciones periódicas (para que el pueblo no se acostumbre a obedecer y el gobierno no se acostumbre sólo a mandar, según sus propias palabras), Bolívar resume su proyecto afirmando que no combate “ por el poder, ni por la fortuna, ni aun por la gloria, sino tan solo por la libertad ” 9 .
La salida estratégica era, a contramano de tanto “nacionalismo” estrecho, provinciano y parroquial, la unidad continental contra la dominación: “ Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración [...] lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles, y de fundar un gobierno libre. Es la unión , ciertamente, mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos, sino de efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos ” 10 . Idea que reafirma una y otra vez sosteniendo: “ Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa ” 11 .


